Posts etiquetados ‘James Joyce’

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El espejo

2009/06/30

 Te ves en èl y no te encuentras, la pérdida del sentido espacial es el primer efecto, luego surge de entre los objetos, en su doble existencia, uno a uno los puntos  que darán forma definitiva a aquello que llamamos yo, surges  estas ahí, eres tu quien dará la aparición definitiva. Entonces es pretexto para ver aquello que hace tiempo dejó de ser.

 El tiempo se transforma en un gallo de cerámica y la resistencia es el falso brillo de los ojos y el amor es cartón. Aparece una sonrisa vieja y el nombre de mis muñecas con serpientes de hilo, mis dedos sosteniendo la pasión con que ahora devoro el agua de nuestras cabezas, que ya no se ven. La vida entonces estalla haciendo saltar el sueño que cambia y se vuelve homicida, donde las palabras se despiden de una infancia. La causa pérdida en que las promesas han perdido su supuesta bondad.

Separamos el espacio,  un segundo del tamaño de aquella luna que ofreció sus favores para el renacimiento y  no fue más que un estuche vacío, en el que esperamos madure la presencia infinita de la sombra, esa que permitió la despedida de las aceras pequeñas, de las avenidas en las que perdimos los zapatos. Un cruce de astros en los que el público se eleva como aves asustadas, para que te quedaras en el preciso momento en que el  deseo se volvía tizón de viejas penas. Un caramelo con envoltura, un cristal sobre el lodo, una puerta y una llave nueva. Que no pudiste ser.

 

Ahora que tengo dos ojos me llevo la envoltura de Ulises

Despierto del sueño con el vino fingidor de Chinarski

Me llevo el placer y la encomienda

Me llevo el paso torpe e ingnorante

Porque en él esta mi humanidad,

la mujer que soy

mi embriagada histeria

y mi ser insoportable.

  He dejado atràs las tres letras del abecedario navegante (ECO).

  “Después de todo, las computadoras se rompen, la gente se muere y las relaciones se terminan. Lo mejor que podemos hacer es respirar y reiniciar”.                                                                       Carrie Bradshaw en  ’Sex and the City

 

 

la vista que se perdiò desde nuestra casa

La pasiòn de retina, una ventana que quedò atràs.

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Dedalus

2009/02/11

Un sitio herrumbroso con esferas de estación que no cambian luces y encienden el emblema permanente del infortunio. La convicción de la espera está amarrada a una pregunta pequeña y cobarde que no puede entrar en el juego de las piezas grandes. Lejos de esa basura minúscula que es la percepción ajena, con su firmamento de bienestares vanidosos, caminos invisibles de deseos repasados; se cierran los recorridos hinchados de una petulancia que soñamos ver caer. Aquí el aliento puro, esa guía que vamos ajustando dulcemente a la minusvalía popular y que nos responde con la amenaza de un nuevo escondite.

Laberintos ingenuos que quieren reconocerse y compartir.

Octubre tiene la verdad austral de silencio. La noche del Puerto, atizada por una radio vieja que se queja entrecortada en una cumbia. Soy la invitada con pintura de vulnerable en medio de los sobrevivientes.

Para iniciar los intercambios: A Portrait of the Artist as a Young Man “Retrato del artista siendo adolescente”, que en la edición en español es Retrato del artista adolescente. El “siendo” de la particular cosecha, tuvo su explicación, por eso de que las traducciones reflejan neurosis de los interpretes. La biografía del autor alcohólico, brotando en la memoria, junto con el párrafo que sería para siempre un eje.

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Había oído pronunciar solemnemente en la escena y en el pulpito los nombres de las pasiones del amor y del odio; las había visto expuestas pomposamente en los libros, y se preguntaba por qué su alma era incapaz de albergar ni el uno ni el otro ni aun siquiera de forzar los labios a pronunciar sus nombres con convicción. A menudo había sentido un breve acceso de cólera, pero nunca había sido capaz de conservar su resentimiento largo rato, sino que había sentido que se iba desvaneciendo en seguida como una cáscara o una piel que se desprendiera con toda suavidad de su propio cuerpo. Y había sentido también una presencia obscura, sutil y susurrante que penetraba por todo su ser, que lo incendiaba en las llamas pasajeras de un deseo vedado. Y también este anhelo resbalaba hasta colocarse fuera de su alcance, dejando su mente indiferente y lúcida. Parecían éstos el único amor y el único odio que su alma era capaz de albergar.

Joyce después de beber unas 20 botellas de cerveza, era un cíclope que lograba esa visión unitaria de condena. Mi conservado Ulises de la paquidérmica novela, era ahora sólo un viento juvenil y desesperado. Esta nueva existencia de amargura dulce se estaba plantando a esperar por meses insulares, mi licencia, para convertir el aire en un producto exhalado.

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Días después. Comienzan los desagravios digeridos en las páginas, de esta y otras cosas del irlandés. Antes de que se empezaran a destapar las botellas ,  me pregunté:

¿Quièn es my fellow sufferer? (habiendo leído “Dubliners”)

La apertura del vino blanco que acompaño el fructífero buceo de langostas y la promesa de más reprensión acompaño los pensamientos.

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