En diciembre del 2007 estábamos en distintos lugares, fotos intercambiadas, yo en medio del océano y ella en el centro de la antigua capital del imperio Inca. Para los primeros días de enero llego como una mas de la familia a visitarme a casa y en medio de cajas de cerveza empezamos a hablar y hablamos de una novela.
Volé al continente para los carnavales agarramos rumbo Salinas, después de la ” Casa de Roy” terminamos en la playa a las 5 am escuchando el celular y huyendo de unos presta-diario. En ese viaje embarque a mi hermana Europa y debía volver a Galápagos, no estaba en ” my best” y había tomado la política de no hablar con nadie, este silencio incluía cruelmente a la persona con quien comparto la narrativa toxica que nos deja el amor y odio, recibidos y propinados.
El día del último café en la ciudad insistió con la novelita y yo le dije que era una “postmoderna” por leer a un japonés que no es Mishima, insulto inventado por nosotras, a lo cual ella me respondió con otro término del mismo linaje diciéndome cristiana. La distancia creció.
El día en que terminó de leer el libro yo estaba de guardia en el Hospital Provincial y recibí una llamada a las 2 am, con voz entre cortada me dijo algo del bosque.
Hemos molestado mucho con esto de la literatura. En Cien Años de Soledad apareció el término acuñado hasta hoy e iniciador de discusiones sobre que es y no es macondiano. Yo siempre fui Remedios y la Erika Amaranta.
En el descalabro de Rayuela, la cual bien debe quemarse después de leer, con los 18 ya encima, no hubo problemas porque nadie quería ser Lucía. El rechazo hacia “la maga” sigue incierto, tal vez porque nadie quiere ser un personaje al que se le riega el jarabe de la cuchara y ” hacer literatura”.
Hace poco más de un mes aburrida encontré un libro verde en el estante y decidí abrirlo, a la media hora nos comunicamos y le dije: ¡Mira pórtate bien que después te hago como Kizuki! Ciertamente no confiaría en nadie, sé quién es Kizuki y se serlo.
Me contó que tuvo miedo los meses de mi silencio. Me contó que apretaba los dedos en las páginas para que no me suicidara. He pensado que pude haber muerto en aquel momento. He pensado que mi amiga pudo haber muerto en otros tantos.
Lo duro que puede ser vivir, vernos en uno y otro tiempo vulneradas. Incontables los momentos en he secado su nariz y despejado su frente. Infinitos los momentos en que me ha sacado de la cama para estirar un vaso de agua o un café.
Una noche cualquiera ya estaba lista para desnudar a Watanabe en el lugar de turno, de quien intentamos sus aventuras con Nagasawa.
Hoy con el temor y el riesgo que esto lleva, me propongo traicionar a toda las novelas, Tokio Blues pone una raya en seco sobre los personajes femeninos con Naoko, muerta en el bosque , en la descripción siniestra, que es con la que algunas veces hemos vivido, invisible a los ojos que no identifican el silencio. Se puede caer en el despeñadero de la nada, en los límites de la frescura, en el pulso insoportable del peinado nuevo, la falda corta, las borracheras, son razones de peso para amar a Midori.
Es este un acuse de disculpas para mi mejor amiga Erika Espín por no haber prestado atención aquella noche y la recomendación de una de las mejores cosas que he leído en mi vida.
Entonces abrimos el abanico en lo que la felicidad puede significar para personas como nosotros y por eso acogimos a la Rina con su pequeña edad, quien devoro las letras y entro en el clan este de “Las lechugas hidropónicas” frescas como nadie, recién sacadas de la vitrina.
Y, de pronto nos toca ir hasta el Japón. Aunque ya hemos viajado demasiado.